Un mundo sin besos

Jueves – 7/05/20

Me levanto y salgo a comprar a la farmacia. Voy en busca de un bálsamo labial. En esta cuarentena me ha salido una grieta en la comisura de la boca, en el labio inferior, es una pequeña fisura que me duele y escuece cada vez que me río o como. Pienso que es cosa del estrés, del cambio de vida, pero en realidad no lo sé. Trato de repasar mis rutinas diarias en busca de algo que haya podido originar la grieta, pero no lo encuentro, estoy comiendo como siempre -quizás algo más de chocolate y café-, bebo agua y me lavo los dientes. Solo me queda el estrés. 

La cosa es que ese es el único bálsamo labial que me calma y cura la grieta y se me acabó hace un par de días. En la ausencia de bálsamo la grieta volvió. Ayer por la tarde traté de comprarlo, pero salí demasiado tarde y fue imposible. Así que hoy lo intento de nuevo y me acerco a la farmacia que está al lado de casa. Desde el otro lado de la calle diviso una cola de varias personas, al acercarme veo que todas están guardando un metro de distancia entre ellas y la mayoría van ataviadas con mascarillas, algunas con guantes, un par de ellas sin ningún tipo de protección. 

Mientras espero, la mujer que tengo delante se ha pone a hablar con la que tengo dos puestos más atrás. Se conocían, pero no se habían reconocido con las mascarillas. Una de ellas ha dado a luz hace una semana y cuenta que está prácticamente confinada en casa porque le parece que desde que se relajaron las medidas hay demasiada gente en la calle y le da miedo: “Solo salgo para lo esencial, espero que no haya un rebrote…”, lamenta. “Seguro que lo habrá…”, le responde la otra. Entretanto, una mujer que camina calle arriba se detiene en seco y saluda al señor que tengo detrás. Al parecer es la propietaria de algún comercio del barrio y está preocupada porque no sabe cuándo podrán reabrir: “Ojalá el lunes nos dejen abrir”, le dice al señor, a lo que este responde: “Ojalá, al final vamos a tener que elegir entre contagiarnos o la miseria”. 

Las conversaciones cruzadas continúan un rato y los mensajes se sienten como pequeños bombardeos que me llegan desde distintos frentes: “Es mejor no salir”, “hay demasiada gente en la calle”, “contagiarse o la miseria” … Las personas que están dentro de la farmacia tardan bastante y desde fuera logro divisar a una de las farmacéuticas que va completamente cubierta de pies a cabeza. Pienso que debe ser incomodísimo trabajar así. Me fijo entonces los carteles de los escaparates. Hay varios con la palabra “coronavirus” que indican recomendaciones: lavado de manos, distancia de seguridad… otros explican los síntomas, período de incubación…

Se me asoma entonces una lágrima en los ojos. Podría decir que es culpa de la alergia, pero esta lágrima me brota desde otro lugar, desde dentro. Una parte de mi cerebro trata de racionalizar y me envía imágenes de guerras cruentas, campos de refugiados, personas sin hogar, situaciones mucho peores; otra parte del cerebro me dice que soy periodista, que lo viva desde la curiosidad, que lo documente. 

Pero es demasiado tarde, y los ojos se me humedecen por completo: No sé por qué la gente se relaja y sale a la calle como si nada. No sé si quiero que reabran las tiendas el lunes o que no lo hagan. No sé si puedo elegir entre la muerte y la miseria. No sé si puedo. 

Con la mascarilla puesta, la alergia y las lágrimas, me cuesta un poco respirar y entonces me viene el olor del cacao de labios provisional que he usado antes de salir. Me viene a la mente la grieta. En ese momento me doy cuenta de que la grieta no es en realidad una grieta, una ralladura en la superficie de mi cuerpo, sino la manifestación de una grieta más profunda, como cuando tienes un pellejito en un dedo y éste acaba por rasgar la piel y generar una herida mucho mayor. Puede que la grieta del labio sea el final de esa herida, su camino al exterior, su búsqueda de oxígeno, su llamada de auxilio para que me dé cuenta y acuda a curarla.

Anoche leí una noticia que decía que los guiones y sets de rodaje se están readaptando para evitar el contagio. ¿Una ficción sin besos? pensé. Puede que la grieta de mi labio sea en realidad la manifestación de que mi cuerpo rechaza un mundo sin besos o sin la posibilidad de ellos. 

Más de Una ventana propia para el fin del mundo

Portada de la revista ‘Hola’ en 1974 con la escena de ‘La isla encantada’.

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