Mi abuela a 550 metros

Martes – 17/03/2020

Tanto anunciar el fin del mundo y al final nos ha pillado desprevenidos. Pensaba ayer en todas las veces que durante los últimos años los periodistas hemos hablado de “momentos históricos”, me vienen a la mente principalmente cuestiones relacionadas con Cataluña. Momentos históricos ciertamente descafeinados porque al final parecían quedar en nada, o si no en nada, en mucho menos de lo que habíamos anunciado. Será culpa de ese afán periodístico por engrandecer las cosas con titulares dramáticos e intentos de clickbait. Reconozco ahora en mí cierta emoción, un cierto sentimiento de “ahora sí narices, ahora sí”. Dice mi amiga M. que seremos la generación que medirá su vejez por el coronavirus: “estuvimos encerrados en casa sin poder salir”, “yo viví el aislamiento del coronavirus”, pronostica que diremos cual abuelas cebolletas. También bromeábamos con esa idea A., M., J., y yo durante la videollamada que hicimos anoche macerada en Estrella Galicia. Afortunadamente, pensábamos, no tendremos descendencia a la que darle la tabarra con comentarios del tipo: “Siempre hay que tener rollos de papel higiénico disponibles en casa”, “lávate bien las manos por favor”, “adopta un perro que nunca sabes cuándo lo vas a necesitar para salir a la calle”, o similares. Es probable que esta vivencia esté configurando nuestro subconsciente de formas que no podemos advertir. Puede que ahora adquieran significado los comentarios de nuestras abuelas y abuelos, ese “pues yo comía cocido todos los días y no pasaba nada” que tantas veces me repitió mi abuela durante mi adolescencia y que tanto me molestaba; o incluso esa historia que tantas veces le he pedido que me repita en nuestras largas sobremesas de café con leche y poleo menta, cuando de muy joven viviendo en el pueblo su padre “sintonizaba la radio para escuchar a La Pasionaria, con cuidado, siempre muy bajito, porque podían llevárselo”. Ahora, según Google Maps estamos separadas por 550 metros, seis minutos andando, pero ya no podemos compartir sobremesa, ni café, ni poleo, ni abrazos. Sin embargo, puede que nunca me haya sentido tan unida a ella y a su historia, que es también la mía, que es también la nuestra.

Más de Una ventana propia para el fin del mundo

Mi abuela y yo hace unos cuantos veranos.

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