¿No es ya la vida un infierno cuando no puedes estar contigo misma?

Miércoles – 18/03/20

Ayer bromeábamos en el grupo con el hecho de que nuestra vida pre cuarentena sea parecida a nuestra vida de cuarentena. La mía no lo es tanto. Normalmente paso mucho tiempo fuera de casa: además de lo puramente laboral, voy a entrenar, quedo con alguna amiga, salgo a comprar, visito a mis abuelos y, sobre todo, paseo, doy muchos paseos, por el parque, por la Casa de Campo. La semana pasada, cuando aún se podía pasear libremente, fui varias veces a la Casa de Campo. La caminé como tantas otras veces, y aunque siempre trato de disfrutarla, esta vez fui consciente al 100% de cada paso, de cada piedra, del sonido del riachuelo, del olor… La pasada Navidad empecé a escuchar ópera, fue de casualidad, nunca antes lo había hecho y desde entonces muchos de esos paseos han tenido como banda sonora la voz de Maria Callas o Luciano Pavarotti. Caminar por la Casa de Campo en un día frío, pero soleado, sabiendo que probablemente pasará mucho tiempo hasta que puedas volver, tumbarte en una mesa, observar cómo el viento mueve las copas de los árboles, mientras escuchas a Maria Callas interprentando “Casta Diva” o el “Nessun Dorma” de Pavarotti, es un espectáculo para los sentidos.

Teniendo todo eso en cuenta, es cierto que mi vida de cuarentena difiere bastante a mi vida pre cuarentena, pero creo tan solo en lo superfluo. Aunque a priori no haya similitudes entre una y otra vida, sí que hay algo que las conecta: estar sola. Si algo he aprendido en los últimos años es a disfrutar mucho de mi tiempo en soledad, del silencio. Y cuando digo “aprendido” no hablo de gracia divina, couchings o misticismos, hablo de terapia psicológica, hablo de herramientas que fui interiorizando poco a poco, con paciencia y cariño, y también con mucho apoyo y amor por parte de mi entorno. Muchas personas no pueden estar en silencio consigo mismas, y yo era una de ellas, porque mi ansiedad me lo impedía. No era capaz de pasar una noche sola en casa por miedo a tener un ataque de pánico. Viajar era un suplicio porque temía no volver. Anticipaba constantemente la catástrofe. Y casi cualquier contratiempo diario me generaba un nudo tan fuerte en el estómago que más de una vez tuve que salir pitando al baño. Tan solo me salvaba escribir, hablar con otras personas, pasear, y la música. Así es la vida de quienes padecen ansiedad, depresión o trastornos varios. Yo no albergaba esperanza de que eso pudiera cambiar. Pensaba que era así, y no había vuelta de hoja.

Desde hace un par de años mi rutina de mañana pre cuarentena ha consistido básicamente en hacer yoga, beber café y desayunar escuchando la actualidad con Fernando Berlín, poner un poco en orden el día y la casa y luego, después de todo, entonces sí, conectar internet y empezar a trabajar. ¿He dejado de tener ansiedad? No. Y no creo que nunca lo haga. Pero si antes todo era miedo y ansiedad, ahora el miedo y la ansiedad tan solo están en algunos lugares, y por un ratito. Ahora puedo dormir y viajar sola. Pasar largos ratos escribiendo, leyendo o escuchando música sola. Y no solo es que pueda, sino que lo disfruto, lo ansío, lo busco. Al igual que disfruto, ansío y busco contarle mi día a alguien, abrazar, besar, salir por ahí y pasar el día en familia o con amigos. Puede que el aislamiento en sí no tenga porque ser un problema en el corto plazo, a menos que no puedas estar en compañía de ti misma, o cuando estás en malas compañías, en cuyo caso puede convertirse en un infierno. Pero, ¿no es acaso la vida misma un infierno cuando no puedes estar contigo misma o cuando estás en malas compañías? Puede que el aislamiento nos muestre con toda crudeza lo que no funciona y aquello que tenemos que cambiar para sanar.

Más de Una ventana propia para el fin del mundo

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