Le temps nous est compté

Viernes – 20/03/20

Son más de las 19.00. Me he quedado un poco dormida en el sofá. Al despertar he cogido el móvil y repasado las redes sociales. Al parecer Wuhan ha registrado esta semana su primer día sin contagios locales tras 52 días de aislamiento. Me he alegrado y al mismo tiempo he sentido una ligera punzada de ansiedad. ¿52 días? Nadie sabe exactamente cuánto tiempo va a durar el confinamiento, aunque casi todos asumimos que no serán 15 días. Pero 52, dos meses, de repente se me han hecho infinitos. A. dice que si me hicieran un trasplante probablemente tendría que estar más tiempo sin salir. Siempre se le ha dado bien racionalizarlo todo, ser pragmático. Y es cierto: si pienso, puedo imaginar situaciones mucho más dramáticas. Pero la ansiedad sigue ahí mezclada con ese aletargamiento post siesta tan incómodo. Cojo un trozo de chocolate y voy a la ventana. Solo asomarme y respirar un poco de aire fresco ya me hace sentir diferente. Veo a una chica que ha salido a dar un paseo, lo sé porque no lleva perro ni bolsa del Mercadona y porque ha pasado dos veces frente a mi ventana en menos de 10 minutos. ¿Se habrá despertado de la siesta con mi misma sensación? ¿Podría acaso juzgarla? Escucho unos audios pendientes de M. Me habla acerca de cuestiones que nada tienen que ver con el coronavirus. Me despeja un poco hablar con ella. Ella y yo ya estamos habituadas a la distancia. Llevamos meses separadas hablando por audios. Audios infinitos que sacarían de quicio a muchos, pero que a nosotras nos dan la vida. Nos actualizamos constantemente, debatimos, reflexionamos… A veces bromeamos con que esas conversaciones condensadas en audios de 2 a -en ocasiones, y cuando la actualidad vital de cada una lo requiere- 20 minutos podrían conformar un podcast. Mientras escribo se va haciendo de noche. Son casi las 20.00, la hora del aplauso. Esta mañana pensaba en el silencio que ahora inunda la calles, como si viviéramos de repente en un pueblo o en la sobremesa infinita de un caluroso día de agosto en Madrid. Ahora se escucha con nitidez el canto de los pajarillos, y un silencio que se rompe estruendosamente cada día a las ocho en punto. Escribo escuchando música: Oui je sais / Le temps nous est compté / Rien n’y fait / Le temps nous est compté / Et qui fixe les règles. Ahora, de repente, el tiempo ha adquirido nuevas propiedades. Casi puede verse, palparse, saborearse. El tiempo que dura el paseo al súper. El tiempo que duran los aplausos. El tiempo que duran las videollamadas. El tiempo que durará el aislamiento. El tiempo que queda para volver a vernos. 

Más de Una ventana propia para el fin del mundo

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