Hace mes y medio estábamos en Florencia

Miércoles – 25/03/20

No puedo dejar de pensar que hace apenas mes y medio de ese atardecer. Fue uno de esos atardeceres que parecen suspender el tiempo. No hacía ni frío ni calor, el sol caía como un manto suave sobre las fachadas, las torres, los puentes. Y los montes de alrededor casi parecían fundirse y perder su textura. Era nuestra última tarde. Habíamos caminado durante todo el día, y en ese momento estábamos allí sentadas, hablando de la vida, preguntándonos dónde estaríamos en un año, de qué hablaríamos en un año. Nos parecía que la vida era demasiado impredecible, que el tiempo pasaba demasiado rápido, pero nos sabíamos afortunadas, por estar allí juntas y por tener tantas ganas de descubrir lo que estaba por venir. Puede que hoy esté atardeciendo así sobre Florencia, pero no estaremos nosotras para verlo, tampoco estará la gente que nos rodeaba y que hablaba, reía y bebía vino barato, ni la mujer que tocaba la guitarra, ni las parejas que se hacían fotos. Hace apenas mes y medio. Estos días hablamos por WhatsApp y compartimos shock, memes y estupefacción: “nos preguntábamos que sería de nosotras en un año y mira solo un mes después”. Sin embargo, miro la foto y no siento pena. Eran tan consciente de que ese era un momento extraordinario que lo viví tanto como pude. Tanto que aún hoy puedo regresar y saborear ese atardecer y el abrazo que nos dimos, entre lágrimas, entre risas, porque en ese momento, aún con nuestros sueños, anhelos y planes en mente, sabíamos que todo estaba allí. Que no había más que ese instante y que no había más que nosotras. Supongo que nunca hay más que el instante que tenemos justo delante.

Al día siguiente de ese atardecer escribí un intento de poema o relato del viaje:

Paseamos por Florencia. 
Nos atiborramos a gelati, a cornetti, a cannelloni.
Se nos olvidó la mortadella en el apartamento de Bologna
y hemos comprado más aquí, también más mozzarella y un par de cotolette.
Subimos hasta lo alto de Santa Maria del Fiore y pensamos en cuánta gente
ha sentido la fascinación que ahora sentimos nosotras.
Puede que los sentimientos no nos pertenezcan del todo y sean
parte de un sentir universal que muta a lo largo de los siglos 
y de las circunstancias.
Caminamos hasta el Ponte Vecchio
Mi struggo e mi tormento,
o Dio vorrei morir.
Y allí nos tomamos un macchiato de cuatro euros para después 
vagar por calles estrechas al otro lado del río hasta el Palazzo Pitti.
De camino suena una canción que escuché por primera vez en el tren
que une Bologna con Firenze, dice: non ho capito ancora
pienso que hay cosas que no se pueden entender
que quizás es mejor no entender 
porque en el intento de entenderlas
corremos el riesgo de estropearlas. 
Mientras M. graba vídeos yo me siento en un escalón y leo el comienzo
de una novelita italiana que compró en el pequeño puesto de un señor
al que yo le pregunté si tenía poesía escrita por mujeres,
quizás algo de Antonia Pozzi:

Ora nell’orto io sento
crescere i nuovi
miei fiori per te. Sento spuntare
sui pascoli, dove
la neve si è sciolta,
gli anemoni gialli


Pero no tenía.
Por la tarde subimos hasta la Piazzale Michelangelo, a ver el atardecer
a nuestro alrededor varios grupos de personas ríen y hablan en distintos idiomas,
hacen fotos, beben vino, una mujer toca la guitarra
y cuando el sol está ya a punto de desaparecer
un hombre se levanta y le pide matrimonio a su novia,
la gente se conmueve, aplaude, grita, dibuja corazones con sus manos…
Pienso: la gente cree en el amor, en el amor eterno, la gente cree…
Nosotras reímos, río por lo pintoresco de la escena, pero yo ya no…
Ya no creo que el amor se pueda tomar y guardar en un cajón.
Ya no creo que el amor permanezca inmutable. 
Ya no creo.
Y, sin embargo, no me creería nadie en esta plaza si les digo que
ahora es cuando siento más amor del que he sentido nunca,
si les digo que no dejo de escribir poemas de amor.
Desde esta plaza se ve el Duomo, el Ponte y el Palazzo Vecchio.
Se ve la galería de los Uffizi, el Arno, Fiesole.
Se ve el sol de invierno cayendo sobre los edificios, dibujando sombras,
tiñendo todo de un color anaranjado, rojizo, a su vez azulado, troppo azzurro.
Entonces escribo, no, en ese momento no escribo, en ese momento 
me limito a sentir: una felicidad inmensa, una nostalgia y tristeza inmensas.
Pero después sí, después escribo: “nunca he sentido tanto amor como
el que ahora siento, estoy enamorada de esta vida, de esta ciudad, de
mi amiga que me acompaña, de la música que suena y bailamos 
riendo medio desnudas, de la modesta pasta que cocinamos 
juntas en nuestro apartamento, mientras hablamos, mucho, 
y nos preguntamos dónde estaremos en un año, chi lo sa?”.
Y recuerdo una frase que escribí hace tiempo en el diario, y la repito:
“qué jodido sería no darme cuenta de que estoy siendo feliz ahora”.

Más de Una ventana propia para el fin del mundo

Florencia 7/02/2020

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