Horas excepcionales para circunstancias excepcionales

Jueves – 26/03/20

Anoche a las dos de la madrugada se votó la prórroga del estado de alarma durante 15 días más. La votación tuvo lugar después de un pleno en el Congreso que se alargó durante más de 10 horas. Siento una mezcla constante de sensaciones: la de presenciar circunstancias excepcionales, con la estupefacción y el shock y, reconozco, que a esas horas también se mezcla con el agotamiento, el cansancio y el “¿de verdad va a haber otro turno de réplica?”. Un compañero del periódico bromea: “No puedo ni conciliar trabajando en casa al lado de mis hijos, ¿por qué no han empezado antes?”. Mi turno de trabajo comienza con los aplausos -no hay forma de olvidarse o posibilidad de excusarse si se llega tarde- pero algunos de mis compañeros llevan desde medio día. Igual que las trabajadoras y trabajadores del Congreso de los que algún diputado se acuerda pasadas las 1:30 am: “Voy a ser breve porque no son horas”. Horas excepcionales para circunstancias excepcionales, supongo.

Por la mañana el día se levanta con sol. Es lo primero que hago tras abrir los ojos, recordar la situación en la que estamos, remolonear en la cama y por fin levantarme pasadas las 12 pm.: abrir la ventana y quedarme ahí plantada absorbiendo sol. Hoy hace una semana que salí a comprar por última vez. El cubo que acumula papel y cartón está lleno y hay una bolsa con vidrios esperando a ser tirados, así que me tomo la licencia de salir a la calle 10 minutos para deshacerme de los residuos. Voy más rápido de lo habitual porque me pesa la sensación de estar en un lugar en el que no debo estar. Un vecino fuma en el balcón, me mira, le miro, pienso: “Tranquilo, que he salido un momento”. En la calle que me conduce a casa de nuevo veo a un gato repanchingado, es un lugar inusual para ver a un gato tumbado porque por esta calle siempre pasa gente, pero ahora no. Al verme caminar en su dirección hace el amago de levantarse y yo, para no perturbarle, reduzco el paso y continúo por la carretera, por donde ahora tampoco pasan coches.

De vuelta a casa decido posponer el momento de conectarme a internet, entreno escuchando ‘La Cafetera’. Dicen que no es comparable esta situación con la de una guerra. Que este tipo de crisis han acompañado siempre a la especie humana. Lo que sí es comparable es la respuesta del personal sanitario. Y el internacionalismo, como los médicos cubanos que han viajado ahora a Italia a echar una mano. Hablan de los sanitarios españoles y extranjeros que asistieron en la Guerra Civil. Hablan de Henry Norman Bethune, un médico canadiense que creó la primera unidad móvil de transfusiones. Al parecer tiene una calle en Málaga: “Paseo de los Canadienses”, sin más, “aséptico”. Hablan también de Elizabeth Eidenberg, una maestra y enfermera suiza que formó parte del personal sanitario durante la guerra. Después marchó a Francia, donde logró poner en marcha una maternidad para atender a republicanas embarazadas que “daban a luz en la playa”. Fue “la madre de unos 400 niños y niñas españoles”. Se preguntan si después de la cuarentena volveremos a la normalidad y si queremos volver a esa normalidad. Una oyente dice que el problema no son los seres humanos, sino el capitalismo. También dicen que para sobrellevar estos días podemos intentar crear higiene en casa, espacios de bienestar.

Tomo su consejo y cuando acabo de entrenar pongo música bajita y preparo el desayuno. El silencio queda roto por la voz de Mina, de Capossela, de Nada, de Buscaglione y de Paoli. Por la ventana entreabierta de la cocina escucho el rumor lejano de algún vecino. El olor de la avena en leche empieza a inundar toda la estancia. Corto un plátano y una pera en rodajas, unos trocitos de chocolate y unas avellanas, lo mezclo todo y desayuno sentada frente a la ventana. Il mio braccio ti darò e con me ti porterò, in un piccolo e nascosto caffè… Son casi las 15.00. Horas excepcionales para circunstancias excepcionales, supongo. 

Más de Una ventana propia para el fin del mundo

Sanitarios cubanos llegan a Italia.

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