Y tú, ¿te alejarías de Omelas?

Jueves – 2/04/2020

Hay días amanezco con una ligera sensación de suavidad. Días que parecen no exigir nada más que estar. Después de varios días trabajando, me tomo este de descanso, desayuno, veo un par de pelis, recojo la ropa tendida y escucho el último episodio del Deforme Semanal de Isa Calderón y Lucía Lijtmaer que han grabado desde sus casas. Escucharlas siempre es un bálsamo. Isa Calderón recuerda el relato Los que se alejan de Omelas de Ursula K. Le Guin, en el que la escritora recrea una sociedad distópica en la que todos sus habitantes son felices salvo por una excepción, un niño que permanece solo, en un cuarto, bajo condiciones infrahumanas, y cuya desgracia permite la felicidad de toda la ciudad.

Todos saben que existe, todo el pueblo de Omelas. Algunos han ido a verlo, otros se contentan únicamente con saber que está allí. Todos saben que tiene que estar. Algunos comprenden la razón, otros no pero ninguno ignora que su felicidad, la belleza de su pueblo, la ternura de sus amigos, la salud de sus hijos, la sabiduría de sus becarios, la habilidad de sus artesanos, incluso la abundancia de sus cosechas o el esplendor de su cielo dependen por completo de la abominable miseria de ese niño.

A muchos habitantes de Omelas no les parece bien, saben que es injusto, pero al mismo tiempo entienden que es el precio a pagar por el bienestar de mucha gente:

A veces los jóvenes regresan a sus casas llorando o con una furia sin lágrimas cuando han vista al niño y se han enfrentado a esa terrible paradoja. Tal vez meditan sobre ello, semanas y años, pero a medida que transcurre el tiempo comienzan a darse cuenta de que aunque soltaran al niño, de poco le serviría su libertad; sin duda, una ligera, vaga satisfacción por el cuidado humano y el alimento, pero muy poco mas.

Bueno, todos no. Según el relato, hay algunas personas que no pueden soportarlo y deciden dejar la ciudad:

A veces, un adolescente, chico o chica que va a ver al niño, no regresa a su casa para llorar o enfurecerse, no , en realidad no vuelve más a su hogar. Otras, un hombre o mujer de más edad cae en un mutismo absoluto durante unos días. Bajan a la calle, caminan solos y cruzan sin vacilar las hermosas puertas de Omelas. Siguen andando por las tierras de labrantío […] Siempre solos, se dirigen al Oeste o al Norte, hacia las montañas. Prosiguen. Abandonan Omelas, siempre adelante, y no vuelven. El lugar adonde van es aún menos imaginable que la ciudad de la felicidad. No puedo describirlo, en absoluto. Es posible que no exista.

Lijtmaer destaca la similitud de esa sociedad distópica con la nuestra actual. ¿Omelas no es acaso nuestra sociedad occidental que basa el progreso de unos en la explotación de otros? Y eso me recuerda a algo que también leo mucho en redes estos días y es a qué tipo de normalidad nos referimos cuando hablamos de volver a la normalidad. ¿A la normalidad de la precariedad, del cambio climático, de la falta de tiempo y cuidados? ¿A Omelas?

En este podcast, Calderón también recomienda la canción de un grupo de música brasileño, O Terno, concretamente Volta e meia. Porque sea cual sea el mundo que venga, mejor que sea uno con música.

Más de Una ventana propia para el fin del mundo

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