Hasta la cuarentena acabará pasando

Sábado – 4/04/2020

Hay algo parecido en trabajar hasta tarde en la noche o trabajar desde temprano en la mañana: la sensación de estar cuando el resto no. En el primer caso siento cómo el mundo que me rodea se adormece poco a poco, cómo las ventanas de los vecinos empiezan a oscurecerse una a una. Siempre, en esas horas de madrugada, me asomo a la terraza y miro con curiosidad las que permanecen encendidas: siempre queda alguna. Me pregunto quién vive ahí y qué hay detrás de esa luz que permanece: ¿verán la tele? ¿Hablarán por teléfono? ¿Leerán? ¿Harán sexting? 

Por la mañana, en cambio, la sensación es la misma pero en sentido opuesto. La habitación de la casa que he habilitado a modo de despacho da a un pequeño patio interior. Cuando me levanto, aún en penumbra, el silencio es parecido a ese de las 3 de la madrugada. Pero a medida que empieza a clarear, comienzan a escucharse tímidos susurros, la cisterna de algún wc, unos cubiertos que hacen ruido al chocar en alguna cocina que no puedo reconocer con exactitud, la cuerda de un tendero que chirría…  

La semana pasada vi la película Una jornada particular (Una giornata particolare). En una escena, Antonietta, caracterizada por Sophia Loren, le dice a Gabriele (Marcello Mastroianni), que pone la alarma del reloj a cada hora porque si no pierde la noción del tiempo. Tanto en mis madrugadas como en mis mañanas, suena de fondo la voz del locutor o locutora de radio que también, como las luces y sonidos, es cambiante con el paso de las horas. En la Facultad estudiábamos que la radio es un relato continuo, eso quiere decir que toda la programación está construida de forma que algo da paso a algo más, unido por sintonías, músicas y otros recursos, además de ese pitido característico que avisa de la nueva hora. 

En estos días que son tan parecidos los unos de los otros,  de cifras de muertos que se repiten, de nuevas prórrogas del estado de alarma, de más despidos, de más de todo de lo mismo, ese pitido, me rescata, como lo hacía a Antonietta, del sopor, me recuerda que el tiempo no se detiene, que las manecillas siguen girando, que incluso hasta lo que parece eterno, inacabable, repetitivo, hasta la cuarentena misma, acabará pasando.

Más de Una ventana propia para el fin del mundo

Antonietta y Gabriele

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