No quiero escribir otro texto sobre dejar las redes sociales

No quiero escribir otro texto sobre dejar las redes sociales, quiero escribir sobre lo que ocurre cuando se sale de las redes sociales y toda esa atención se vierte hacia otros lugares.

He vuelto a salir de redes sociales, y elijo la palabra salir porque salir de un lugar implica tomar una decisión: la decisión de abrir una puerta, activar las piernas, mover una y después la otra, para finalmente estar en un lugar diferente del que se está. Cuando se «entra» en un sitio se espera que en algún momento se saldrá de él. Se entra y se sale de casa, de las tiendas, de la escuela, del trabajo… también se entraba y se salía de los foros y de los chats de los comienzos de internet, cuando había que «iniciar sesión» -y después cerrarla-.

Pero ahora no se abre ni se cierra sesión, el ciberespacio nos rodea, está en todas partes entre nosotros, ya no iniciamos sesión porque la sesión está permanentemente iniciada, estamos de continuo entre el aquí físico y el allí digital que ya no son indistintos sino un mismo todo en el que la información, sus fragmentos, nos asaltan, distraen, angustian, entristecen, enrabian. No obstante, la puerta de salida sigue existiendo, pero ha menguado, se encuentra al fondo de un pasillo repleto de otras puertas con carteles luminosos. Para salir hay que decidir, más que nunca, querer hacerlo.

He salido de redes sociales unos días y esta salida ha sido diferente a otras muchas que he realizado en el pasado porque lo he hecho acompañada del libro de Jenny Odell titulado «Cómo no hacer nada», que es una invitación a dejar de hacer para luego hacer pero desde una perspectiva muy diferente. El libro ha sido un oasis, una especie de antídoto que llevaba años buscando desesperadamente.

He salido de redes muchas veces pero en esas otras incursiones no llevaba conmigo aún la clave que Odell me ha regalado: cómo redirigir mi atención a otros lugares, algunos los más cercanos posibles, tales como la calle por la que paso cada día. Estas semanas he empezado a ver de otro a modo a los árboles y los pájaros que habitan esta calle, he leído mucho, he mirado a la nada, he paseado sin móvil y en silencio, he pensado, he escrito, he hablado más con mi familia, he visto documentales, he ido al mercado, me he acostado y levantado pronto, he recordado temas sobre los que quiero investigar, he estudiado un poco, me han llegado ideas sobre cosas que me gustaría hacer, he organizado mejor mis días, las horas se me han hecho largas, la vida no me ha parecido tan precipitada, ni tan urgente, he limpiado más la casa, he cocinado, he salido a la montaña, he tenido mucha menos ansiedad, he estado en general más tranquila y me he sentido más presente en el mundo que me rodea.

También he comprobado lo bien que me hace no saber qué está haciendo la gente todo el tiempo, máxime cuando ese «hacer» está sesgado y filtrado para ser compartido, así como que nadie sepa qué estoy haciendo o dónde me encuentro yo misma. Sin esa comparación que sucede de forma inconsciente al usar las redes, mi vida me ha parecido que está bien, que yo estoy bien. Estar fuera también me ha permitido guardar para mí muchas de las ideas que en otro momento hubiera arrojado al mundo casi de forma inmediata, poseída por una urgencia de apariencia innata, pero que es inducida. Solo se pueden incubar dentro.

No obstante, todas estas sensaciones no ocurren sin más solo por salir de las redes sociales si al hacerlo no se elige prestar atención a otras cosas. En mi caso, he necesitado ayuda, una guía, para saber cómo redirigir mi mirada cansada de mirar a tantos lugares al mismo tiempo. Salir de las redes sociales me parece ahora una necesidad básica, iba a decir: para poder pensar; pero creo que quiero decir: para poder respirar. Y quizás eso implica un cambio absoluto de dinámica: pasar de un «estar dentro para salir un rato», a un «estar fuera para entrar, si acaso, un rato».

«Los momentos más felices y plenos de mi vida han tenido lugar cuando era plenamente consciente de estar viva, con toda la esperanza, el dolor y la pena que eso conlleva para cualquier ser mortal», escribe Odell, y eso es en parte lo que he sentido que ocurre cuando se pone la atención en el aquí: un darse cuenta de estar viva. Pero poner la atención en el aquí y el ahora, ese mantra tan presente en todas partes, no es posible desde dentro de la estructura que nos empuja a hacer más, correr más, ser más, y vivir en la urgencia, y es por eso que estamos tan cansadas y frustradas.

A través del relato de Odell he podido beber y sentir su amor por los pájaros y los ecosistemas, por la historia de su lugar de residencia -lo que me ha llevado a querer conocer más sobre el mío- por la tierra que nos sostiene y de la que formamos parte junto a otras muchas personas y seres vivos igual que nosotras y he entendido también la llamada a la acción que reside en su «no hacer nada», una invitación a detenerse a mirar para hacer juntas otras cosas siendo conscientes de todo lo que nos entristece y nos enfada de este mundo pero sin desertar de él, aceptando nuestra responsabilidad para con el mundo en el que vivimos y aportando lo que sea que podamos aportar a nuestras comunidades, no desde un yo estanco, que es el que pide la marca personal y la bio de redes, sino desde el yo en continua transformación que somos todas y que no puede ajustarse a un esquema cerrado y permanente.

En ese sentido, acepto la incomodidad que produce «vivir entre dos aguas» que dice Odell al describirse como una persona «birracial» así como una «creadora de arte digital sobre el mundo físico». En mi caso personal, percibo esa incomodidad de forma continua y creo que en parte se debe a que las redes demandan de nosotras que nos ajustemos a categorías en las que no cabemos.

Yo ya sé que no quepo.

Sobre qué hacer al respecto elijo dejar a un lado los consejos fáciles y las listas de 10 cosas que podemos hacer para reducir el uso al móvil que, si pueden estar bien para tomar algo de consciencia sobre este tema, son desde mi punto de vista insuficientes, primero, porque siguen poniendo el foco en la tecnología y las redes comerciales que estamos usando, es decir, hablan desde dentro de la misma estructura para seguir moviéndonos dentro de ella y, segundo, porque nuestra capacidad para oponernos a estas redes es limitada en cuanto a que nos enfrentamos a empresas con mucho poder y que invierten mucho dinero en captar nuestra atención y mantenernos dentro de las pantallas.

Por eso el libro de Odell me parece tan necesario en este momento y en mi cuerpo actúa como un bálsamo: porque habla desde los límites de esa estructura. No da consejos, ni recetas milagrosas, no dice que dejemos las redes sociales, en cambio ofrece una invitación para poner toda esa atención en otro sitio y experimentar en primera persona lo que pasa al hacerlo. Si bien plantea como deseable la posibilidad de mudarnos a otras redes no comerciales en las que las dinámicas sean otras, en las que no se trafique con nuestros datos, atención y emociones, lo que ella propone es volver a la tierra que estamos pisando ahora mismo -la que te sostiene mientras lees esto- y pararse a mirar. Ese es el hacer que me interesa.

Por esa razón es que me siento algo esperanzada respecto a este asunto, dado que siempre me he dado de bruces entre el «no quiero estar pero no sé cómo no estar». Ahora vislumbro una tercera opción, un «tercer espacio» como dice la autora, que aún solo estoy empezando a dibujar y visualizar mentalmente. Sin saber aún qué forma puede tomar todo esto, al menos sé que ya no puedo seguir haciendo uso de estas redes como lo he hecho hasta ahora porque a la incomodidad que me generan y que llevo sintiendo mucho tiempo se ha sumado ahora una nueva perspectiva: la de experimentar y aproximarme al mundo físico de una forma que también me es adictiva, pero de un modo no nocivo, y que no me es posible alcanzar cuando mi atención se encuentra fragmentada y mis emociones dominadas por los estímulos aleatorios que consumo online.

Creo que al fin entiendo lo que significa realmente el término «economía de la atención» más allá del diseño de las redes para engancharnos y crearnos adicción o el uso que hacen de nuestros datos, y creo que es porque estoy empezando a entender lo valiosa que es nuestra atención, el poder que reside en ella, y eso solo lo he podido entender al comprobar qué ocurre en mí, en mi cuerpo, cuando elijo tomar mi atención y enfocarla en otro lugar.

Lo que he descubierto en ese parar es que, el tiempo, que siempre siento que pasa tan rápido, se detiene cuando una lo hace, que en el vacío, la mente no expuesta a estímulos busca otras tareas o asuntos en los que focalizarse, porque necesita hacerlo, y en ese vacío, que algunos llaman aburrimiento -aunque yo no me he aburrido nada y eso me ha sorprendido- surgen ideas, no necesariamente productivas, pero posiblemente necesarias.

En el río después de escalar.

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