¡Apaguen ese chisme!

No sé en qué momento aceptamos esta tiranía de la conexión constante. Seducidos por las pantallas brillantes hemos aceptado llevar con nosotros un aparato que nos conecta de forma permanente y nos bombardea con mensajes y notificaciones sin descanso. Notificaciones de amigos, familiares y trabajo 24/7.

Para las personas que nos dedicamos a profesiones creativas o cuyos límites no están 100% adscritos a un espacio concreto, los móviles nos han sentenciado. Ahora el espacio familiar, laboral y personal se entremezclan y llegan hasta dentro de la cama. El sistema ha aprovechado esta nueva situación y ha creado términos como el de las ‘trabacaciones’. Ya no hay excusa para no responder a un amigo, a un familiar o un whatsapp de la oficina. Todos ellos llegan a cualquier hora y en cualquier momento rompiendo con el aquí y ahora, el aquí y ahora físicos.

Sé de gente, y me incluyo, a quienes nos produce muchísima ansiedad el sabernos conectados permanentemente, e intentamos reducir los ratos de conexión, desinstalar apps de redes sociales o racionalizar el uso con medidas tales como poner el modo avión por la noche y no quitarlo hasta que hemos desayunado, desactivar clics azules y últimas horas, notificaciones emergentes y globitos rojos.  Poner el modo avión es para mi una sensación puramente física, como si me desenchufaran un cable del cogote y, por fin, dejara de recibir ese flujo constante de electricidad codificado en mensajitos brillantes. Me niego a formar parte de la tiranía aunque me sé plenamente inmersa. Esa noción de no querer y no poder me fastidia.

Ante esta situación, en algunos países ya se reconoce el derecho a la desconexión digital fuera del entorno laboral: basta de responder emails después de cenar. En España se ha reconocido recientemente ese derecho mediante un nuevo título en la Ley de Protección de Datos que insta a las empresas a “definir las modalidades de ejercicio del derecho a la desconexión” para garantizar “el tiempo de descanso, permisos y vacaciones, así como la intimidad personal y familiar de los trabajadores y empleados públicos”.

A la espera de ver cómo se articula y qué efectos reales tiene, más tarde o más temprano tendremos que abrir un debate serio acerca de cómo gestionamos el uso de los móviles. Podemos comenzar preguntándonos a nosotros mismos cómo nos hace sentir la conexión permanente e ininterrumpida. Solo así podremos disfrutar plenamente de sus ventajas y no vernos convertidos en esclavos.

Ilustración de Jean Jullien

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