Primero habitamos el cuerpo, y luego la tierra

Estamos conectados a la tierra de formas que a veces ni imaginamos. Quienes nos criamos en una ciudad tenemos quizá más atrofiada esa conexión, porque es difícil desarrollar una conexión con los ladrillos. Pero incluso en esta situacion, creo que podemos encontrar pequeños retazos de esa unión con el suelo que pisamos y el entorno que habitamos.

De pequeña iba muchos domingos a la Casa de Campo de Madrid con mis abuelos. Mi abuelo me hacía columpios con cuerdas en los árboles y trepábamos por las ramas. Me creía Tarzán, literalmente. Aún no había desarrollado consciencia sobre mi cuerpo, un cuerpo que se tornaría cuerpo femenino, con sus implicaciones y nuevos significados, y mi cuerpo era solo la herramienta para moverme, trepar, saltar y jugar. Tal y como debería seguir siendo durante toda la vida.

Desde entonces he paseado muchas veces por esos caminos, pero han tenido que pasar muchos, muchos años, hasta descubrir en mí el sentimiento de unión con ese territorio, escenario de mi infancia y de mis primeros recuerdos. También han tenido que pasar muchos años para descubrir esa primigenia unión con mi cuerpo, como medio para moverme y disfrutar. Y supongo que tanto lo uno como lo otro está íntimamente relacionado. Primero habitamos el cuerpo, y luego la tierra.

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