Cuándo se convirtió tu vida en un ‘clickbait’

Martes – 14/04/2020

El siguiente texto fue escrito en algún momento del año pasado y estaba guardado en borradores. Decido rescatarlo ahora porque creo que si algo nos está dando la cuarentena es la oportunidad de dejar a un lado la autopromoción, el postureo y el autobombo y mostrar, en acaso de que queramos mostrar algo, quiénes somos de verdad de puertas para adentro.

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Hace un par de meses leí El árbol de la Ciencia de Pío Baroja. Fue una lectura recomendada en el instituto que por alguna razón dejé a medias, y he pasado años queriéndolo acabar. Aunque acostumbro a subir alguna fotografía a Instagram con las lecturas que voy haciendo y el libro me estaba gustando, en esta ocasión no lo hice. ¿Por qué?

El periodista Héctor G. Barnés tiene una columna en El Confidencial que leo con asiduidad y hace unos días publicó un texto sobre la improductividad como medio para ser más felices. En un momento dice: “Hace no tanto, lo que hacíamos era divertido de por sí, no porque fuese susceptible de convertirse en contenido para esa agencia de publicidad de nosotros mismos que son la redes”.

Me quedé un rato pensando en esa reflexión y en cómo me relaciono yo misma con las redes sociales. Como periodista me enseñaron que en este mundo moderno digital era indispensable labrarse una marca personal, que tu perfil en redes sociales constituye un portafolio y currículum andante, y que de esa marca podría depender tu futuro laboral.

Aunque reconozco la parte de verdad de todas esas afirmaciones, siento que esa dinámica se ha ido pervirtiendo hasta límites insospechados. Me he visto a mí misma leyendo, viendo o compartiendo contenidos sin haberlos reposado lo suficiente únicamente para nutrir esas redes, para no quedarme atrás en comentar la última noticia, el último viral, o el último trending topic. Y, por supuesto, compartiendo únicamente una porción de vida que es susceptible de ser ¿likeada?  por el resto.

Todo eso me lleva a preguntarme, ¿cuándo se convirtieron nuestras vidas en un clickbait constante? Y, quizás lo más preocupante, ¿estaremos perdiendo la capacidad de discernir entre lo que de verdad deseamos o nos gusta? ¿Estaremos dejando de hacer cosas tales como jugar -como explica Barnés- o hacer actividades por el simple hecho de hacerlas aunque no vayan a convertirse en contenido? ¿O ya solo podemos ver el mundo y nuestras propias vidas como contenido instagrameable?

En su columna, Barnés ofrece unas recomendaciones para paliar esa dinámica. En una de ellas dice: “No hagas fotos de lo que lees, ves o escuchas. Creo que por cada una de esas instantáneas que muestran las películas, libros o discos que uno está consumiendo —que no disfrutando— hay otras cinco nunca realizadas de eso que uno no se atreve a mostrar”.

Disfruté leyendo y me gustó El árbol de la ciencia, pero no es el último libro comentado, ni pertenece a la lista de libros que debes leer antes de que acabe el año. No es bonito. No es instagrameable. Por lo tanto, no sentí la necesidad de compartirlo con el mundo. ¿Estoy entonces creando una ficción de mí misma, esa “agencia de publicidad de nosotros mismos” de la que habla Barnés?

Me he planteado muchas veces cerrar las redes sociales porque en ocasiones la exposición me satura, lo que me ha llevado a depurar mucho el contenido que publico y el que no, y a preguntarme cada vez que lo hago ¿qué sentido tiene esto?

Podría decir que es un precio a pagar por ser periodista, que intento buscar la parte artística de todo ello mimando las fotos que publico, que me divierte, que es una vía para escribir y compartir reflexiones… y sería cierto. Pero mentiría si dijera que en el fondo no busco también el simple chute de la adulación ajena. Puede que las redes sociales sean hoy el máximo reflejo del ego humano, así como lo fueron las pirámides en su día.

Todas y todos estamos en posición de decidir el uso que hacemos de las redes sociales. Yo he experimentado un viaje en ese sentido hasta asumir que en cada publicación se irá un pedacito de mí y de mi intimidad porque mi escritura es así, y si no puedo escribir de esa forma, prefiero no escribir. Pero estoy intentando establecer límites en ese viaje para protegerme y proteger mi intimidad y, sobre todo, para tratar de mostrarme de la forma más honesta y humana posible: porque no soy una marca, ni un producto, y no pienso convertirme en uno.

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Más de Una ventana propia para el fin del mundo

Bilbo 11/19.
Una de esas fotos que me hice para publicar en Instagram, pero al final no me apeteció.

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