La cuarentena lo magnifica todo

Jueves – 16/04/2020

L. y yo nos escribimos habitualmente. Es una relación especial porque aunque nos hemos visto solo un par de veces en persona, las dos nos sentimos leídas y reflejadas en lo escrito por la otra. Yo publico algo y ella reflexiona al respecto y escribe un texto que a su vez me inspira a mi otra reflexión y otro texto. Nos retroalimentamos. Bromea y me dice: “Que pena que esto no sea el siglo XIX. Nuestras cartas serían de lo más interesantes”.

En su último texto reflexiona sobre el uso de la tercera persona en la escritura para protegerse. Dice: “Todos nos protegemos como podemos. Mi protección hasta hace muy poco era no escribir o no compartir lo escrito. Pero nunca escribir en tercera persona. No me sale. No soy capaz. Y empiezo a entender por qué. Yo, tan cobarde para unas cosas, soy de las que si voy, voy con todo. Yo, que tanto rechazo los extremos, y a la gente que es de blanco o negro. Yo, que tanto alabo la escala de grises, soy de todo o nada en las cosas que realmente me importan en la vida, como el deporte, la escritura o el amor”.

Al leerlo me siento tan sacudida que hasta soy capaz de escuchar un crack que me viene del pecho. Y siento esa urgencia por escribir que es parecida a la urgencia del sediento. Y se me salta una lágrima y le digo “me pasa lo mismo”, y me dice “por eso conectamos tanto”. Y le digo, “ojalá una correspondencia epistolar, seríamos como Pizarnik y Ocampo”.

Entonces pienso que Pizarnik tampoco era de grises: “Una vez, no más. Es el fin. Y amar así, amar hasta la aniquilación. Y sólo la soledad batiendo palmas en mi habitación sofocante. ¿Quién no tiene un pequeño amor, quién no da la mano a otro y lo mira con deseo? Tan solo yo, tan solo yo. No hay elección posible. Ni esperanza alguna. Así va la vida. Un enorme llanto. Una brutal sinfonía de frustraciones”.

Y pienso que la cuarentena magnifica todo, lo bueno y lo malo, e incluso los estados que ya son magníficos de por sí, como esta relación nuestra que por momentos nos sirve de sostén en la distancia.

Más de Una ventana propia para el fin del mundo

La costa galega por la que espero que paseemos pronto juntas compartiendo reflexiones maceradas en vino y salitre.

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