La fiebre

Viernes – 15/05/20

Necesito escribir para dejar constancia de lo que me ocurre, pero cómo escribir sobre lo que no tiene nombre. Empezó quizás como una ligera fiebre. Me desperté de madrugada envuelta en sudores fríos y sentí que el mundo terminaba. Estaba mi cuerpo tan caliente que creí que me encontraba en camino al infierno de Dante, hasta el mismo núcleo de la tierra. Entonces todo se volvió oscuro y al abrir de nuevo los ojos vi cientos de ríos de lava hasta donde la vista alcanzaba. Mil demonios correteaban a mi alrededor ajenos a mi presencia, como si yo no fuera más que un espíritu o una invitada en aquellas tierras. El calor era tan intenso y penetrante que dar una bocanada de aire producía terribles padecimientos y no se sentía nunca una del todo satisfecha, porque al hallarse a la misma temperatura el aire externo del interno, al terminar de respirar, pareciera que nunca se había respirado. Como Sísifo, cuando una se creía victoriosa en su empeño, se encontraba de nuevo derrotada. Esa circunstancia, junto al sudor abundante, hacía mis pasos torpes y pesados, pero al mismo tiempo la gravilla casi incandescente del suelo me urgía a caminar rápido. No sé cuánto tiempo anduve, sin rumbo y aturdida con los cánticos de aquellos diablillos que no cesaban de corretear de un lado a otro. Casi parecieran reírse de mí por encontrarme tan perdida y desorientada. Traté de gritarles, si acaso de preguntarles dónde me encontraba, aunque ya no dudaba de que se trataba del mismo infierno, pero me hallé muda. Traté de repasar entonces mis últimos pasos, pero no logré recordar. ¿Había existido yo acaso en otro mundo que no fuera ese? ¿Quizás la que yo creía mi vida había sido en realidad el sueño enajenado del que acababa de despertar para volver al mundo al que realmente pertenecía? Tras un tiempo caminando imposible de descifrar, pues el tiempo parecía no correr en ninguna dirección en aquel lugar, encontré una piedra con una forma que me resultaba extrañamente familiar, ¿acaso había caminado en círculos? ¿Acaso ese infame mundo no tenía principio ni final? Caí presa de la desesperación. Grité. Pero gritar sin voz, sin poder escuchar el propio grito y su eco, es una de las experiencias más angustiosas y sobrecogedoras. Se nubló entonces mi vista, me flaquearon las piernas. No recordaba cuándo había bebido agua por última vez, ¿acaso existía el agua? ¿El frescor? ¿Los manjares de los que creía haber disfrutado en vida? Sin duda estaba deshidratada. Me rendí. Eso fue lo último que dije sin sonido, con una mueca extraña: “Me rindo”. Entonces todo se volvió negro nuevamente, pero ya no hacía calor, ni frío. Mis miembros se volvieron ligeros. La sed había desaparecido. Y así, casi como si hubiera sido llevada con delicadeza por cuatro ángeles, desperté en mi cama, como si nada hubiera ocurrido. Fue tan solo unos instantes después cuando lo supe: no fueron ángeles, sino la muerte misma de la que tanto huía, la que tras rendirme a ella, me había salvado.

Más de Una ventana propia para el fin del mundo

El infierno de Dante por Botticelli.

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