Pum.

Martes – 19/05/20

Hay días que me levanto y siento un dolor que no identifico. Es un dolor que sale de dentro y que viene de fuera al mismo tiempo. Repaso mentalmente los miembros, los tejidos, los órganos y sistemas que componen mi cuerpo en busca del origen del mal, pero no encuentro el lugar exacto. Hay días que siento un dolorcito que se siente como un pálpito y lo contengo, lo contengo, lo contengo durante días, hasta que llega el día, en el que ya no más. Hay días que no puedo reprimir una lágrima mientras sale el café y la voz del locutor de radio repasa los titulares. Hoy es uno de esos días. Sin embargo, si alguien me preguntara “¿qué tal estás?”, podría decir que “bien”, quizás diría “no lo sé”, seguido de un “bien”, seguido de un “algo harta”, pero sin duda diría que “bien”. Y no sería mentira. He aprendido que cada estado de ánimo contiene dentro de sí un sinfín de matices. Puedo estar bien y sentir este dolor. Puedo estar bien y llorar mientras se hace el café. Me siento frente a esta página en blanco con mi café y mis lágrimas enjugadas para escribir sobre este dolor y recuerdo a Marta Sanz y su Clavícula:

“Luego, en casa, un día rompo a llorar en el cuarto de la tele. El cuartito de la tele es el mejor espacio de la casa para romper a llorar. Exploto. No puedo mantener durante más tiempo el mutismo sobre un dolor que me atenaza cada vez más y se expande por mis brazos como veneno de medusa. No puedo reservarlo para mí sola”. 

Después añade: “O quizá me equivoque y todas estas lágrimas sean una manera de magnificar el daño y conferirle realidad. Solidificarlo. Alzarle un monumento”.

Leyéndola pienso que llorar es una conquista. Cuando el sentimiento al fin desborda el propio cuerpo y sale al exterior una se siente victoriosa. Llorar es al dolor como el orgasmo al placer: su punto culminante. En ambos casos hay un proceso de acumulación previo a ese punto. El dolor y el placer se van concentrando, poco a poco, en círculos que se hacen más y más pequeños a medida que la sensación va in crescendo. Es así durante un tiempo, hasta que es tanta la tensión acumulada en ese espacio, que es el cuerpo, que el espacio estalla y vierte su contenido: se vierte el dolor y se vierte el placer entre fluidos y espasmos. Se vive entonces una desposesión de una misma, que queda a merced del cuerpo, incontrolable y más animal que nunca. Y la sensación física posterior es parecida: cierta relajación de los miembros, cierta calma y paz interna.

En ambos casos existe un detonante. Tanto en el ascenso al dolor como al placer se alcanza un punto de no retorno en el que se pueden traspasar con éxito las puertas que llevan al llanto o al orgasmo o, de lo contrario, quedarse en la nada. Y esa nada es una nada peculiar, porque es una nada llena de tensión, una nada incómoda que busca ser resuelta, liberada. 

Mi desencadenante hoy es un vídeo del fotoperiodista David Jar. Es un vídeo grabado desde un punto de la calle Núñez de Balboa. Durante 39 segundos, en los que el plano permanece estático, una mujer rebusca en un contenedor mientras a su alrededor desfilan manifestantes con banderas de España gritando “libertad, libertad”. La cámara nos acerca, como voyeurs, a una escena cotidiana cualquiera. El vídeo alberga dos universos en un mismo plano. Y logra su objetivo: te zarandea e incomoda. En mi caso, además, actúa como un gatillo apuntando a ese punto del cuerpo en el que se acumulaba todo el dolor. Y entonces, pum, me alza y traspaso las puertas.

Más de Una ventana propia para el fin del mundo

Yssa.

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