Hay quienes pasan toda su vida tratando de resucitar lo que ya fue

Mientras escribo estas líneas, X. termina de hacer las maletas y se marcha. Se va X. y siento el sabor del cambio. Los cambios tienen sabor, puedo notar el sabor de este cambio en mi paladar. No es que el cambio sepa a algo es que el cambio es un sabor en sí. El cambio significa el fin de algo, o su transformación en otra cosa, o la llegada de algo nuevo o diferente, y lleva consigo cierto amargor, pero también cierta emoción.

Esta mañana, mientras escuchaba a X. guardando sus cosas, he pensado que necesitaba esta experiencia de vida para familiarizarme con el cambio y las despedidas, quizás para terminar de comprender que no hay personas que permanezcan y otras que no: todas las personas de nuestra vida están de paso. A veces ese paso se interrumpe súbitamente y sentimos dolor por el choque entre la expectativa de lo que esperábamos y la realidad, porque pensábamos que esa persona tenía que cumplir otra ‘función’ en nuestra vida, sin comprender que quizás su ‘función’ ya ha sido. Nos aferramos entonces a lo que deseábamos que fuera, que no es más que una proyección de la mente, y al hacerlo nos resulta imposible reconocer y valorar el aprendizaje que esa persona ha podido mostrarnos durante el tiempo que hemos pasado a su lado.

Hace tiempo leí que nuestra corta vida como seres humanos nos hace vivir bajo una ilusión de permanencia, porque no podemos presenciar los cambios geológicos, es decir, no podemos ver a la propia Tierra como un organismo vivo en permanente transformación. Esa misma ilusión de permanencia aplica a nuestras relaciones y vínculos: no aceptamos que puedan transformarse, cuando en realidad nunca dejan de hacerlo, igual que nosotros como individuos nunca dejamos de hacerlo. Por eso se nos hacen tan difíciles las despedidas, porque despedirse significa aceptar la constante transformación y movimiento de todo.

A veces sufrimos mucho por personas o hacemos daño a personas porque no aceptamos el cambio y la transformación del otro, ni la muerte de lo que fue o de lo que queríamos que fuera. Cuando alguien asegura que ama a otra persona como el primer día o incluso el propio matrimonio, esa idea de unión eterna, no son más que intentos de aferrarse a un sentimiento que fue, que aconteció un instante. En el momento siguiente ya es otra cosa, no mejor, ni peor, simplemente diferente. Hay personas que pasan toda su vida tratando de resucitar lo que ya fue.

Todas las personas de nuestra vida están de paso, y aceptar esa realidad tan aparentemente cruda, dejar que esa idea nos cale hasta los huesos y nos revuelva el estómago, sentir de verdad todo su significado recorriéndonos, puede que sea la única forma de abrazar el aprendizaje de cada momento y cada encuentro, y aceptar así en nuestra vida y valorar a las personas por lo que son y no por lo que deseábamos que fueran.

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