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Hace no mucho, antes de la existencia de los periódicos digitales, las noticias se publicaban al día siguiente de haber ocurrido, y no pasaba nada. Nos enterábamos unas horas más tarde de lo que había pasado en el mundo, y estaba bien. Abrías el periódico y éste te ofrecía una selección de noticias finitas. El periódico tenía un inicio y un final y no había debajo de cada noticia un botón de “me gusta”, “me enfada”, o “me encanta”, no tenías por qué reaccionar a cada texto que leías, conformar una opinión de cada asunto del día. Después llegó Internet y ofreció la información sin fin, y también la desinformación sin fin. 

Lo que a priori es una ventaja: poder acceder a fuentes diversas y a contenido creado por personas no necesariamente respaldadas por una gran cabecera, enterarte de lo que no pasaba el filtro de los gatekeepers, y convertirte tú misma en creadora de contenido, ha terminado por convertirse en un destructor tsunami que nos invade estemos donde estemos, especialmente con el smartphone.

Aquellos a quienes les interesa que pasemos mucho tiempo pegados a las pantallas se han esforzado en hacernos creer que, si no estamos expuestos de manera constante a ese tsunami, quedaremos marginados. Sentimos pavor a quedarnos fuera de un “algo” que no sabemos exactamente de qué se trata. Se impone un conocimiento superficial y arrollador de todo y de nada al mismo tiempo. Sin filtro, la mente va de un lugar a otro durante todo el día, sin reparar en nada, hasta terminar exhaustos. A la información instantánea se suman las redes de mensajería personales que también lo son. Si se dejan todas las notificaciones activadas, el móvil se convierte en un arma de distracción y ansiedad masiva. 

Hace no mucho las noticias se leían al día siguiente, y se hablaba tan solo con las personas con las que se tenía contacto en el día a día, si acaso con una o dos más por vía telefónica, si acaso, más tarde, con el correo electrónico y el Messenger, se hablaba con unas cuantas más, pero durante un tiempo acotado, aquel que transcurría entre que iniciabas y cerrabas sesión desde el ordenador. Con Whatsapp no se puede cerrar sesión y como el teléfono se lleva encima, la conexión es permanente. 

Poder comunicarse a diario con personas que no están a nuestro alcance físico tiene ventajas evidentes, pero, de nuevo, sin filtro, llegamos al absurdo de hablar con personas no físicamente presentes cuando estamos en presencia de otras. Vía Whatsapp, la mente pasa de una conversación a otra en cuestión de segundos, sin posibilidad de reposar lo que se está diciendo. Además, como la mayoría de la gente utiliza un solo Whatsapp para todos sus quehaceres, es fácil encontrarse mensajes de trabajo, familia, amistosos y del grupo de senderismo de los domingos uno detrás de otro, todos ellos exigiendo una respuesta instantánea. 

Entre mensaje y mensaje, además, es posible entrar en Instagram y consumir los cientos de fotografías más o menos idílicas de personas cercanas, pero, sobre todo, de muchas que no conocemos o con las que hace mucho que no tenemos contacto. A algunas de esas personas preferiríamos no tenerlas en redes, pero se las tiene por “obligación” o quedar bien, de forma que 20 años después de dejar el instituto seguimos al tanto de lo que hace nuestra compañera de pupitre.

Aunque conscientemente sepamos que en Instagram se comparten imágenes retocadas, muchas de nosotras habremos sentido un pellizco de intranquilidad, o de tristeza, al ver todo lo que la gente hace mientras parece que nosotras no hacemos nada. Sin embargo, nosotras mismas participamos a menudo de esa rueda compartiendo todo lo que sí hacemos y generando a su vez esa misma sensación en otras. Se sabe que estas redes funcionan con mecanismos del juego, que la posibilidad de deslizar el dedo y obtener más estímulo es un tipo de condicionamiento, como el que utilizan las máquinas tragaperras. 

Las consecuencias de esta exposición al estímulo constante, la inmediatez y al bombardeo de imágenes de las vidas de otros se conocen desde hace tiempo: ansiedad, depresión, baja autoestima, falta de concentración… todo ello sin hablar de la violación a la privacidad que cometen todas las empresas que están detrás de estas redes con el manejo de los datos que damos sin ser del todo conscientes o las consecuencias terribles que tiene la propagación de fake news sobre todo tipo de temas. 

Dejar de usar la tecnología no parece una opción, y sería erróneo desechar todo lo que tiene de bueno y ventajoso, pero el uso que hacemos mayoritariamente de ella ahora mismo, sin filtro, sin recibir antes de su uso ningún tipo de advertencia, como en las cajetillas de tabaco, es altamente perjudicial. 

Estamos empezando a hablar más enserio de las consecuencias de esta deriva, ya hay quienes se denominan minimalistas digitales y cosas por el estilo, pero falta aún abrir un debate serio para repensar en común estrategias para que internet sea aquello con lo que muchos soñaron en un principio, un espacio de libre acceso al conocimiento, no un gran catálogo donde nos tienden trampas y violan nuestros derechos fundamentales de privacidad e intimidad para hacernos mejores consumidores, o para manipular y polarizar nuestras opiniones políticas. Las redes sociales ofrecen la falsa creencia de que es posible debatir en igualdad, pero la realidad es que estas redes se alimentan de las emociones fuertes y viscerales, y por ello todos los debates están fuertemente polarizados, sin posturas intermedias y sin posibilidad de duda. 

Sin desechar las redes, necesitamos repensarlas desde otro lugar, y crear espacios de debate sosegado analógicos, también como estrategia feminista, para encontrar formas de protegernos en la red y contar también con espacios propios libres de trolls y acosadores cibernéticos. 

Asimismo, esa reflexión tiene que conducirnos también a exigir a los Estados que protejan nuestros datos, no dejar llevarnos por la idea que estas empresas quieren infundirnos de que “ya no se puede hacer nada”, y de que “dar los datos personales es normal” porque “total, yo no soy nadie importante así que qué más da”. Muchas autoras expertas en datos destacan que no ser nadie importante no es la cuestión, nunca sabes quién puede querer acceder a tu información y con qué fines, pero, incluso en el caso de que nadie quisiera nunca utilizar esa información en tu contra, se trata de proteger un derecho básico de la ciudadanía en su conjunto, del mismo modo que no permitiríamos que entraran en nuestra casa y husmearan en nuestros papeles para luego, encima, ganar dinero con ello haciendo sabe Dios el qué.

En su reciente libro Privacidad es poder, la investigadora Carissa Vélez explica: “Fuera del entorno digital, las señales que nos alertan de cuándo se ha violado una norma relacionada con la privacidad son, en general, muy palpables. Pocas sensaciones son tan incómodas socialmente como que otros te escudriñen cuando no quieres que te observen. Cuando alguien te roba tu diario privado, queda una ausencia. Si alguien te espía por la ventana, puedes pillarle in fraganti. La era digital ha conseguido que nos olvidemos de nuestras normas sobre privacidad, en gran parte porque ha logrado desligarlas de esas otras señales de intromisión más tangibles. El robo de datos digitales no nos crea ninguna sensación, no deja en nosotros un rastro visible, no hay una ausencia que percibir. La pérdida de privacidad en el entorno digital solo duele cuando tenemos que soportar sus consecuencias cuando se nos deniega un préstamo o un seguro, cuando se nos humilla o se nos acosa, cuando somos víctimas de una extorsión, cuando desaparece dinero de nuestra cuenta bancaria, o cuando nuestras democracias se debilitan”.

Nos encontramos en momento crucial para muchas cosas: repensar los feminismos, el cambio climático, la normalización y auge del fascismo… y entre todos esos asuntos se encuentran también las tecnologías y la protección de datos. Y parece que no podemos esperar mucho más. No podemos esperar a ser víctimas o estar al límite para darnos cuenta de que hay que actuar.

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