¿Cómo te gustaría ser recordada, Vero?

En sus últimas apariciones en televisión Verónica Forqué decía estar cansada de que le recordasen que había ganado varios Goya. Su éxito objetivo se había convertido para ella en una losa. Estaba cansada de su personaje, decía que estaba harta de Verónica Forqué, no así de Vero. Ella había hablado años atrás abiertamente de sus depresiones, en una intervención dijo que sintió el instinto de contarlo por si le podía servir a otras. Ayer leí un artículo que recordaba a otros artistas que habían hablado sobre su salud mental, muchos de ellos de gran éxito. He visto varios documentales de estrellas de la música, de Hollywood, etc., en los que se tratan los mismos temas, algunos de ellos realizados post-mortem. No parece que sea un problema de alguien en cuestión, un “no supo gestionar la fama”, parece que es algo sistémico. Pero a eso es a lo que supuestamente aspiramos, al éxito, a la visibilidad, mientras abundan los ejemplos de personas a las que ese éxito ha conducido a la ruina personal. Existen otros éxitos, pero son menos visibles, menos lustrosos. Ahora el juego del éxito se da además en redes que son hervideros de odio, hay gente que amenaza, insulta, o denigra cada día a personas que están fuera de su alcance. Leo: “La envidia es admiración mal gestionada”. Exponerse diariamente a ese odio pasa factura. Pero aún así seguimos participando de esas dinámicas y de esas redes porque no sabemos a dónde ir. Pagamos ese precio para… ¿para estar? ¿para ser visibles? ¿para no desaparecer? En redes todos parecemos ser un personaje, igual que Verónica Forqué, pero detrás de la pantalla, ¿quiénes somos? ¿Quiénes somos para nuestra pareja, nuestras amigas, nuestras abuelas? ¿Dice de nosotras algo nuestro nickname? ¿Quién soy yo, la Laura M. Mateo que pone en mi perfil, o el Laurito que me susurran en la intimidad con voz bobalicona mientras me acarician la nariz? A lo largo de mi vida digital he usado diferentes nicknames, siento que cada uno de ellos representa un momento de mi vida, soy y no soy ellas, son como alter egos. Hay amigos que se siguen dirigiendo a mí por alguno de esos nicknames porque llegaron a mi vida cuando los usaba y aquellos nombres cobraron importancia para ellos a la hora de representarme. Al hacerlo, es como si mantuvieran de alguna forma con vida a otras versiones de mí misma. Es como cuando un familiar te sigue llamando por el apelativo que utilizaba en tu infancia, es extraño, porque ya no eres esa niña, pero una parte de ti sigue conectando de algún modo con ese viejo nombre. Como cuando se dirigen al recién reconvertido Gandalf el Blanco como «Gandalf», el nombre por el que se le conoce en la Tierra Media, y él, pensativo, responde: «Oh, sí… solían llamarme así». En otros casos ocurre que esos nombres retrotraen a la persona a momentos vitales que no desea recordar. La mención del nombre actúa entonces como detonante. Pienso, por ejemplo, en la necesidad de cambiar el nombre de un amante en la agenda del teléfono cuando la relación se rompe, como si esas letras representaran la identidad de la persona y la ruptura de la relación, el cambio de estado, produjera la necesidad de renombrarla. Puede que eso es lo que le ocurriera a Vero: dejó de identificarse con el nombre que quizás un día la representó, pero que desde hacía tiempo ya solo representaba a su personaje. Dicen que Verónica Forqué se suicidó, siendo así, sería más apropiado decir que fue Vero quien se quitó la vida y, al mismo tiempo, fue Vero la que se la quitó a Verónica Forqué. Cuando decía estar cansada de que la recordaran por los Goya, quizás alguien le podría haber preguntado: «¿Y cómo te gustaría ser recordada?». Quizás así hubiéramos podido saber también quién era Vero. Puede que no nos interesara.

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